
Aunque pueda sonar a método del siglo pasado, el parto instrumental o con uso de fórceps es mucho menos frecuente que hace unas cuantas décadas, pero aún se utiliza. Se trata de unas pinzas o espátulas que le sirven al obstetra para tomar la cabeza del niño y sacarlo por el canal de parto. A veces, también se puede emplear una suerte de ventosa con el mismo fin, pero afortunadamente es el último recurso al que se apela cuando por algún motivo el bebé no logra salir.
En la mayoría de los partos, cuando se presenta una dificultad los médicos se inclinan por una cesárea. Por ello, el fórceps ya no se usa como antes para extraer al bebé unos 10 centímetros, sino apenas dos o tres, cuando ya es inviable que salga de otra manera porque se encuentra en el último tramo del canal. De esta forma, la presión que se ejerce es menor y por un tiempo muy corto, lo que reduce notablemente el riesgo de daño al pequeño. No se ejerce fuerza con el instrumento, sino que apenas se lo ayuda a salir, como si se tratase de un calzador. La que puja es la madre.
Si ya tienes anestesia epidural o local – por la episiotomía – no será necesario que te coloquen otro tipo de anestesia. Sólo en rarísimas excepciones, se puede aplicar una anestesia general. De hecho, algunos médicos optan por utilizar el fórceps con disimulo, y la parturienta no se da cuenta hasta que todo pasó.
Si llegado el caso te toca pasar un parto con fórceps, debes permanecer tranquila y no desesperarte, pues la pericia del obstetra hará que todo salga bien y tu bebé no se haga daño. En ese momento, tu concentración tiene que estar puesta en las indicaciones de quienes te están asistiendo, para colaborar con ellos. Las cosas no tienen por qué no salir bien, a pesar de las complicaciones que se puedan presentar.
Vía: Crecer Juntos
