
Una costumbre que viene de larga data es la de colocar pendientes en las niñas recién nacidas, algo que en los últimos años está cayendo en desuso ya que se suponía que las pequeñas no sentían nada, pero de hecho sienten dolor.
La costumbre surgió como forma de identificar a las niñas de los niños cuando nacen, y generalmente eran las matronas o enfermeras de la maternidad las que hacían los agujeros. Hoy se sabe que los bebés sienten dolor como los adultos, sólo que sus reacciones están ralentizadas y por ello muchas veces no lloran en el momento.
Hay otras formas de distinguir que es una niña, como el uso de la ropa rosa por ejemplo, que eviten ese dolor innecesario. Algunas razones para no hacerlo es que se puede enganchar el pendiente en la ropa y lastimarse, o que al ser el lóbulo demasiado pequeño se corre el riesgo de que el orificio quede demasiado en el borde y luego, con el tiempo, se corte.
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Cuando el bebé nace es sometido a diversas pruebas que tienen por finalidad comprobar el buen estado de salud general del recién nacido, o bien detectar tempranamente algún problema. Entre estos test, el de Apgar es fundamental.
¿En qué consiste el test de Apgar? Para determinar la vitalidad del niño, a partir de cinco variables, que se puntúan según análisis médico con 0,1 ó 2. La suma del puntaje es el parámetro que ayuda a los neonatólogos a evaluar si un niño nació saludable. Se practica al minuto del parto, repitiéndose a los cinco y diez minutos.
El test de Apgar valora:
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Se conoce como el nombre de prueba del talón a la que se realiza en el recién nacido a las pocas horas de vida, debido a que se le practica un pinchacito en esta parte de su pie para extraer una muestra de sangre.
Este test es importante pues permite la detección temprana de varias enfermedades metábolicas congénitas, como son el hipotiroidismo congénito, hiperplasia suprarenal congénita, hiperfanilalaninemias o fenilcetonuria y hemoglobinopatías congénitas.
En realidad son dos las muestras que se recogen: una en las primeras 48 horas de vida – suele realizarse en la misma maternidad – y otra entre el 4to. y el 8vo. día de vida del niño.
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La Confederación Española de Familias de Personas Sordas (FIAPAS) ha dado a conocer el dato de que cinco de cada 1.000 recién nacidos tienen problemas de oído, y en el 60% de los casos la causa es genética. Asimismo, entre el 90 y el 95% de estos casos, se dan en hijos de padres oyentes.
Por ello es indispensable que se le practique al pequeño las pruebas de audición correspondientes, ya que su detección en los primeros días de vida le permitirá superar de la mejor manera posible las dificultades en el desarrollo del lenguaje oral y en los aprendizajes posteriores.
Ya desde el sexto mes de gestación el oído humano funciona captando sonidos, y en toda la etapa previa al habla, éste se va desarrollando. Conociendo la existencia de una limitación, es posible encarar terapias que ayuden a que su desarrollo sea mucho mejor que si no se actúa desde el principio.
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A pesar de que cuando un bebé nace parece que lo mirara todo con asombro y sorpresa, durante los primeros momentos de su vida su visión es muy limitada.
Los bebés pueden ver desde que nacen, pero sus órganos visuales no están muy desarrollados, en particular la zona central de la retina. Básicamente, distinguen entre luces y sombras, entre los puntos más claros y los más oscuros, o si prendemos o apagamos una luz, por ejemplo. Percibe hasta una distancia de unos 20 ó 30 centímetros en escala de grises.
También tiene ya desarrollado el reflejo fotomotor, que es el que le hace girar la cabeza cuando una fuente lumínica llama su atención, a menos que su intensidad – por el contrario – lo haga voltearse porque le molesta.
El rostro de mamá es una de las primeras imágenes que identifica, asociándolo a una serie de estímulos como el tacto, la voz, las caricias, la lactancia o alimentación, y otros.
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